El rebautizo del nazismo alemán

Cuando la canciller alemana Angela Merkel llegó a la ciudad de Chemnitz el domingo, en el este de Sajonia, Mustafa B., un estudiante de medicina turco que se había mudado a la ciudad hace dos meses estaba tratando de averiguar si era seguro cruzar la calle. El motivo de su aprehensión era visible: un grupo de hombres vestidos de negro había empezado a caminar por la acera. “¡Gracias Merkel!”, gritaban mientras su líder, un antiguo miembro del movimiento neonazi de sangre y honor, vociferaba más consignas con su micrófono.

Mustafa B. se dirigió a un policía cercano para preguntar sobre el propósito de la protesta. El oficial resopló: “¿Entiendes el sarcasmo?”.

Desde que los disturbios de la extrema derecha a finales de agosto y septiembre de este año se desencadenaron después de que un alemán fuera presuntamente asesinado por dos solicitantes de asilo, el centro de Chemnitz ha sido anfitrión de manifestaciones semanales contra los inmigrantes y se considera que el gobierno las está dejando progresar.

Los políticos de AfD que se unieron a las protestas a principios de septiembre “se suben a sus caros automóviles y desaparecen después”, dijo Benjamin Jahn Zschocke, portavoz del abogado local Martin Kohlmann, quien habla semanalmente en estas reuniones del viernes por la noche. Kohlmann asiste a las cumbres donde ex miembros de las SS y negadores del Holocausto pronuncian discursos sobre la vida en la Alemania nazi. En sus discursos del viernes por la noche pide una “resistencia” armada contra el gobierno alemán por su política pro inmigración.

Para algunos lugareños, todos estos eventos están siendo exagerados por los medios alemanes e internacionales. Sin embargo, las ONG han registrado un aumento significativo de los delitos de odio en Chemnitz, el estado de Sajonia y en otras partes de Alemania en los últimos dos meses, coincidiendo con el aumento de la actividad de la extrema derecha. Y es suficiente para hacer que aquellos que se no destacan, ya sea con una pegatina antifascista en sus mochilas o apariencias externas que se codifiquen como “no alemanes”, empiecen a preocuparse por su seguridad.  

De pie ante la multitud frente al auditorio en el que habló Merkel el domingo, una enfermera de 50 años de edad con un flequillo rubio llamada Marlene me dijo que había estado marchando con los manifestantes de extrema derecha Pro Chemnitz todas las semanas desde el verano. La noche después de que Daniel Hinnig, el hombre cuya muerte provocó los disturbios, fue apuñalado, estaba en las calles con los otros manifestantes de extrema derecha. Ella no vio a los neonazis perseguir a los migrantes o realizar saludos nazis ilegales, me dijo — imágenes de video y testimonios de testigos muestran los saludos prohibidos que eventualmente llevaron a procesamientos judiciales— y está convencida de que el gobierno mintió sobre ellos. Desde entonces, sin embargo, ha sido imposible pasar por alto al grupo principal de hooligans y skinheads en los mítines de Chemnitz.

En 2016, el número registrado de ataques racistas y xenófobos en Alemania se disparó dramáticamente. Pero el año pasado, a pesar de que la alternativa xenófoba para Alemania fue elegida al parlamento por primera vez como el principal partido de la oposición, ese número disminuyó. Así que para Andre Löscher, que es un consejero para las víctimas de la violencia de la extrema derecha en Chemnitz, fue aterrador observar que desde los disturbios de agosto se han denunciado cuarenta y siete delitos de odio racista, que ya son el doble del número total de crímenes registrados para la pequeña ciudad el año pasado.

Cuatro restaurantes han sido atacados. El 14 de septiembre un grupo de hombres entró en un parque y arrojó una botella de vidrio a la cabeza de un iraní de 26 años de edad después de exigirle ver su identificación y la de sus amigos. Más tarde resultó que algunos de los hombres del grupo de atacantes estaban haciendo un plan a través de Whatsapp para comprar armas y “derrocar a la dictadura de los medios y sus esclavos” en el día de aniversario de la reunificación alemana, el 3 de octubre.

Un patrón similar de violencia se ha manifestado en Wurzen, otra ciudad sajona que previamente fue aterrorizada por los neonazis en el caos que allí hubo posterior a la reunificación de los años 90. Recientemente, ha habido una serie de ataques incendiarios y agresiones físicas en la calle. Por la noche, los jóvenes que se llaman a sí mismos “la milicia popular” se emborrachan y marchan por la ciudad cantando “¡Fuera, extranjeros!” Son el tipo de protesta callejera asociada con grupos como PEGIDA (un acrónimo que significa los europeos patrióticos en contra de la islamización de occidente). En Sajonia, Löscher ha observado que cuando PEGIDA y otros grupos de manifestantes de extrema derecha comenzaron a declinar hace unos años, los delitos de odio disminuyeron en las áreas donde cesaron las protestas. Ahora, tanto las manifestaciones como los crímenes de odio parecen haber regresado. “Cuando tantas personas afines se mueven por las calles y se dan cuenta de que son muchas”, dice, “eso realmente las motiva”.

Hace unas semanas el ayuntamiento de Chemnitz instaló nuevas y brillantes cámaras en el centro de la ciudad para restablecer la sensación de seguridad. En Berlín, el mes pasado, 242.000 personas salieron a las calles para protestar contra la extrema derecha. 75,000 personas asistieron en septiembre a un concierto de rock contra el racismo en Chemnitz. La próxima semana será la primera vez desde agosto que Pro Chemnitz no realizará su mitin del viernes por la noche. Y apenas dos semanas después de que la némesis de la extrema derecha, Angela Merkel, anunció que no buscaría la reelección como canciller alemana, motivo de celebración entre la multitud antiinmigrante, las manifestaciones durante su visita dominical fueron relativamente limitadas.

Al igual que los movimientos callejeros de extrema derecha que tienen ante ellos, y también algo así como el presidente Donald Trump en los Estados Unidos, los oradores en los mítines de Pro Chemnitz hacen todo lo posible para asegurar a la gente que los medios de comunicación hablen del tamaño de su multitud. “¡Veo al menos 5000 personas!”, dijo un tipo enfurecido en el mitin del viernes por la noche. La policía estimó que había 2,500. Pero, por más intimidantes que  puedan ser sus objetivos también está claro que los grupos carecen de un impulso real. “Somos muy pocos”, dijo un hombre. Ha estado activo en la política de extrema derecha desde que rompió con su novia hace un año. “Pero ahora que la luz del día es limitada y se acerca el invierno, también puedo pensar en otras cosas que hacer en una noche de viernes en lugar de congelarme el trasero aquí”, aseguró.

Algunos de quienes se manifiestan por primera vez son personas que no juran lealtad a ningún grupo extremista de derecha, pero que en las últimas semanas se unieron a la multitud que canta “¡Fuera, extranjeros!”, han comenzado a describirse con enojo como “nazis” en las redes sociales en respuesta a lo que perciben como los estereotipos injustos del stablishment político y cultural.“Para algunos, estos skinheads son sus amigos y vecinos”, dijo Phillip T., un joven fotógrafo de Chemnitz. “Ellos piensan: bueno, si él es un nazi por no querer inmigrantes aquí, entonces supongo que yo también lo soy”.

Esto se adapta perfectamente a la derecha radical. Una marca neonazi en Turingia ya comenzó a imprimir camisetas que dicen “NAZI: Nicht an Zuwanderung interessiert”, que se traduce como “Nazi: no me interesa la inmigración”.

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