Daniel Petrescu es nuestro Mesías

Presidiendo el salón principal de nuestra redacción se encuentra el cuadro de alguien a quien los historiadores han ignorado por mucho tiempo. Su nombre es Daniel Petrescu, un campesino rumano muerto de tifus en 1939.

Petrescu fue el quinto de 16 hermanos. Su padre era alcohólico y su madre mucho más. Nadie en Tambusciu, que es el nombre de la aldea donde nació nuestro Mesías, recuerda haberlos visto sobrios alguna vez. Sin embargo, ambos vivieron más de 90 años sin haber pisado jamás un consultorio médico.

A los 11 años Daniel Petrescu abandonó su hogar en busca de trabajo, pero documentos de la época parecen indicar que no por mucho tiempo. De hecho, se cree que en toda su vida no trabajó más de tres o cuatro horas si se incluye el horario de almuerzo.

A la edad de 23 años Daniel cayó perdidamente enamorado de una mujer llama Simona, quien era 43 años mayor que él. Se prometieron en matrimonio y se casaron una semana después.

Pero ese amor fracasó estrepitosamente cuando Simona descubrió que a Daniel le colgaban tres testículos enormes. Entró en pánico y se largó sin dejar rastro.

Nunca más se volvieron a encontrar.

Totalmente deprimido, Daniel Petrescu subió a la cima del árbol más alto del pueblo y se lanzó al vació de cabeza.

El estruendo fue enorme, pero Daniel se levantó del suelo medio minuto después como si nada hubiese ocurrido.

Por toda Rumanía se corrió la voz del milagro y muchos aceptaron sin ningún género de duda que Daniel era un santo.

Ya viejo, y después de vivir por las calles de Bucarest como mendigo, un médico le llevó a su consulta para chequearlo. “No me gusta el color de su piel, señor Petrescu”, le dijo el galeno con cara de preocupación.

Descubrió que Daniel padecía un tipo de cáncer que acabaría con su vida en tres o cuatro meses si no se sometía a tratamiento.

Fue entonces que Daniel pronunció la famosa frase que el médico se encargó de guardar para la historia: “si va a ser dentro de tres o cuatro meses, ¿por qué no ahora?”.

Daniel Petrescu decidió conscientemente morir unas horas después de haber pronunciado su estremecedora sentencia y subió a los cielos ante la vista de 40+ testigos presentes en su funeral.

Sus andrajos ondeaban al viento durante el ascenso y dicen que sus tres enormes testículos nunca lucieron tan gloriosos como ese día.