3 herramientas cognitivo-conductuales para controlar el estrés extremo

Llego a una entrevista de trabajo. Estoy ansioso. Realmente quiero este trabajo. Me despidieron hace un mes y el alquiler se vence la próxima semana.

Al menos la recepcionista es amable. Ella me ofrece un asiento. ¿Me gustaría un poco de agua? Ah, y mi potencial nuevo jefe ya tiene veinte minutos de retraso.

Y es entonces que mi crítico interno se desata:

  • “El posible nuevo jefe se está retrasando al conocer a otro solicitante y la entrevista funcionó porque ese candidato es mejor que yo.
  • En realidad, probablemente ya le ofreció el puesto a esa persona. Estás fuera de la carrera.
  • Incluso si todavía tienes una oportunidad vas a arruinarlo. ¿Recuerdas el último trabajo que no recibiste debido a esa única pregunta que fallaste?
  • Piensa en todas las cosas embarazosas que has dicho alguna vez.
  • Probablemente deberías irte ahora”.

Cuando finalmente me llaman estoy al borde de un ataque de pánico.

Ya sea una entrevista de trabajo, una cita o simplemente entrar a una reunión, muchos de nosotros llevamos nuestra propia versión de ese demonio asesino de la confianza, esa voz hiper negativa lista para hacernos estallar en cualquier momento amplificando pequeños sentimientos de autoestima negativa.

Las semillas de esta voz probablemente fueron sembradas hace muchos años. Pudo haber sido aquél agresivo profesor de deportes que se rió cuando fuiste el último elegido para el equipo. O pudo haber venido de una madre ansiosa que a menudo señalaba dónde fallaste y te quedaste atrás sin importarle lo mucho que te esforzaste.

Cuando niños somos particularmente sensibles a las opiniones y puntos de vista de los demás, especialmente de los adultos. El mundo es un lugar extraño y confuso, así que confiamos en las opiniones de quienes nos rodean. Ello nos ayuda a mantenernos seguros y a darle un sentido a las cosas. Pero esas opiniones tempranas a menudo tienen un peso indebido hasta bien entrada la edad adulta.

A principios de la década de 1960 el Dr. Aaron Beck, un psiquiatra de la Universidad de Pensilvania, desarrolló una forma de trabajo con sus pacientes llamada Terapia Cognitiva Conductual (TCC). Hizo hincapié en la idea de que la forma en que percibimos una situación tendrá un mayor impacto en nuestros sentimientos que la realidad de la situación misma. Lo que quiere decir que yo no sé nada de lo que realmente va a suceder, pero mis pensamientos (que en momentos de estrés tienden a ser negativos e incluso distoiéticos) describen los peores escenarios posibles. Mi cuerpo reacciona en consecuencia: manos sudorosas, dificultad para respirar y un corazón acelerado. La terapia Cognitivo Conductual (TCC) intenta modificar las reacciones emocionales disfuncionales y los patrones de pensamiento que nos llevan por esos caminos destructivos. Hay algunos inquilinos básicos de este enfoque terapéutico. Si bien es mejor trabajar con un profesional que pueda guiarlo a través de estos ajustes de comportamiento, hay algunas maneras en que puedes aplicar la TCC a tu vida en esos momentos.
  1. Cuida tus palabras

Estate atento a palabras clave como “debería”, “nunca” o “siempre”. Esas palabras son las que probablemente avivarán tu ansiedad. En el momento en que notes que esas palabras se usan en frases como “debería haber sabido que habría un candidato mejor que yo“, o, “nunca me va bien en las entrevistas“, contrarresta esas afirmaciones con: “¿es eso realmente cierto?” Invariablemente no, no lo es. El hecho de que tengas un pensamiento no lo hace verdad. Esta prueba de verdad interna comenzará a disminuir el poder de esas palabras y frases negativas.

  1. Sé un detective de tu propia mente.

La TCC te alienta a descubrir las formas únicas en que funciona tu mente. “¿Qué tipo de situaciones o circunstancias desencadenan mis pensamientos negativos?” Es una buena pregunta para hacerse. Una vez que descubras que “a menudo tengo pensamientos negativos sobre mí mismo cuando estoy a punto de tener una entrevista de trabajo”, menos poder tendrán esos pensamientos. Aunque todavía sean dominantes, cuando aparezcan esos pensamientos en el futuro serás consciente de que su base es inestable y no se basan en la verdad.

  1. Escríbelos para demostrar su falsedad.

Durante esos 20 minutos de espera antes que comience la entrevista o cualquier otro evento que te provoque ansiedad, como podría ser una primera cita, una reunión o hablar en público, escribe todos los pensamientos que tenga en ese momento. Será sorprendente para ti ver cómo, por encima de todo, son exagerados y francamente falsos los pensamientos que te inducen la ansiedad cuando los escribas. No, no vas a tener un ataque al corazón. De hecho, estás completamente preparado para la entrevista y el entrevistador realmente se retrasó sin que ello tenga nada que ver contigo.